Esa sensación que me hace perder la noción de la realidad, ese temblor en las rodillas y esas nauseas que atenazan mi estómago cada vez qu algo nuevo aparece y no sé que hacer con ello, ese ¡oh cazador!, es el miedo que pasa... lo malo es que no lo dejo pasar y me engancho con él y me arrastra hasta lo mas profundo de mi terror y me impide avanzar.
Y es ese miedo a no saber que hacer , a no tener la respuesta correcta, el sentirme incapaz de hacerlo bien, es el que me hace lentamente perder parte de lo que soy tratando de alcanzar algo que no puedo ser. Es un sueño barato ese de querer estar bien en todo loque se hace o se dice, es una pretensión vana la de pensar que por no ver aquello que me atemoiza desaparcerá, como si cubrirme la cabeza y cerrar los ojos me hicieran invunerable...
Ya debo dejar de creer que algo saldrá de la puerta del armario, me armaré de valor y me sentaré con una hoja en blanco y un lápiz de cera para dibujarlo y exorcisar su presencia, igual que el hombre primitivo en las cavernas dibujó el alma de aquello que admiraba o temía para poseerlo, así yo, dibujaré mis temores escondidos dentro del alrmario y bajo la cama y saldré a enfrentar la vida sin la máscara que me otorgó el miedo, esa suave sombra que se desliza tras de mi, una sombra vigilante que susurra claramente lo difícil que es, lo terrible que será, todos los hubieras posibles que lentamente veo materializarse...
pero basta, he de dejar de sentir la boca seca cada vez que no sé cual es la respuesta, he de abandonar el temblor de las piernas cada vez que no entiendo y debo preguntar otra vez... ya basta, ya es tiempo de avanzar y dejar atrás esas pesadas cargas de la apariencia.
La Canción del Pequeño Cazador
Antes que Mor, el pavo real, bata sus alas,
antes que el pueblo de los monos grite,
antes que Chil, el milano, se arroje hendiendo
el inmenso y adormido espacio;
al través de la Selva vuela un susurro,
y una sombra, suavemente, huye.
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo
que cruza por la selva!
Una sombra que vigila deslizase por los claros del bosque,
poco a poco, y a ratos se para. El murmullo, entonces,
blando y lento se extiende;
se extiende, y sudores de angustia
bañan, entonces, nuestra frente.
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo
que cruza por la selva!
Antes que la luna escale la montaña,
antes que las rocas se adornen con festón de luz;
cuando los hondos y húmedos senderos están sombríos,
llega a tu espalda, cazador, un soplo
que vuela al través de la noche...
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo
que cruza por la selva!.
¡Arrodíllate y prepara bien el arco!
¡Lanza ya la flecha penetrante!
Tu lanza hunde en la tiniebla;
hazlo, aunque muda de ti se burle.
Pero tus manos débiles y flojas están,
y aun de tu rostro huyó la sangre...
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo
que cruza por la selva!
Cuando la tempestad corre por el aire,
y el pino herido cae en los montes;
cuando la lluvia que nos azota el rostro
y nuestros ojos ciega, desciende de los cielos,
al través de todo el estruendo, más potente
que ninguna otra, una voz ruge...
¡Es el miedo, ¡oh cazador!, el miedo
que cruza por la selva!
Los cauces llenos están hasta desbordar;
las peñas desprendidas se derrumban;
en las plantas, a la luz del relámpago,
hasta el último nerviecillo puede verse;
pero seca y cerrada está tu garganta,
y tu corazón en el costado golpea con fuerza...
R. Kipling, El libro del a tierras vírgenes.