Otra vez giran los engranes de mi cabecita y, tras una ligera ausencia de escritos, retomo este fascinante vicio de expresarme a través de engarzar símbolos que en un papel serían de tinta y que en este medio son de luz. No se ha modificado mi debilidad por ponerme a pensar cada vez que gozo del privilegio de un chofer y que debo decir es muy frecuente, especificamente a diario. Todos los días disfruto de ser transportada por el sistema público que ofrece enormes posibilidades de diversión incluidas en la cuota reglamentaria... estos días me han venido a la mente algunas cosas relacionadas al asombro, cada pieza de este ajedrez gigante que se juega a diario en las calles de cualquier ciudad, deja por un instante su condición de "objeto" y se transforma en algo mágico y único cuando alguien deposita algo más que una mirada superficial sobre ella: cada vez que los ojos iluminan un objeto o una persona y cortan la niebla de la rutina, "la cosa" obsevada recupera su esencia y adquiere luminosidad propia, por un instante brilla y se destaca, deja su naturaleza urbana, inanimada y gris y recupera su papel original en el universo: asombrarnos. Asombrarnos es una de las cosas más inceíbles que nos suceden, los niños son más hábiles en esa tarea de asombrarse, abren sus ojos y sus bocas emiten sin pudor un delicado ¡ahh! que rompe el cerrojo del misterio y les regala la fugaz felicidad del descubrimiento... un niño aprecia con gran sentido lo que es maravilloso y sorprendente, descubre el sencillo pero fascinante secreto de lo nuevo y lo atesora, lentamente se va olvidando esa sensación y cuando, de vez en cuando, se alinena los planetas correctamente, un adulto desempolva esa mirada y su boca deja escapar el más infantil ¡ahh! que lo reconcilia con el universo y con el propósito de todo lo que lo forma, asombrarnos... asombrarnos de la flor diminuta que emerge en medio de las grietas de la banqueta y que descubrimos por haber dejado caer torpemente unas monedas; asombrarnos de las forma en que la nubes cargadas de lluvia nos pisan los talones y provocan un doble arcoiris que enmarca nuestra carrera; asombarnos al ver el maravilloso color de los ojos de nuestro vecino de asiento; asombrarnos ante el delicado baile que realiza una abeja al acercarse a beber en los charcos que dejó la lluvia de media tarde; simplemente asombrarnos...
Un saludo y un agradecimiento a todos los comentarios que han hecho a mi escrito de hace tres años "las traicioneras mariposas en el estómago". Gracias especialmente a Francisco por su comentario y esperando que no sea muy tarde la respuesta.

Te deje un mensaje... Dime que opinas...